Concordia, la ciudad de las changas: la informalidad devora el empleo y empuja a la subsistencia
Concordia enfrenta una realidad laboral alarmante, donde la informalidad y las actividades de subsistencia se consolidan como el pilar económico. Más de la mitad de sus trabajadores no tienen un empleo registrado, mientras la falta de oportunidades estables condena a muchos a la precarización diaria.
Concordia exhibe, sin velos, una realidad laboral cada vez más cruda y precaria. Las Costaneras, la Avenida Castro y las inmediaciones del lago de Salto Grande se han transformado en escenarios de una economía de subsistencia, donde puestos improvisados ofrecen tortas fritas y pasteles, mientras crecen las ferias de ropa usada y el trueque reaparece como respuesta a la falta de efectivo. Estas no son más actividades marginales; son el rostro visible de miles de familias que luchan diariamente por ingresos básicos, delineando un futuro incierto para nuestra ciudad.
Mientras algunos podrían señalar que la desocupación en Concordia se mantuvo en un 6,1% durante el primer trimestre de 2026, por debajo de la media nacional, la fotografía completa es mucho más sombría. La Encuesta Permanente de Hogares (EPH) revela una tasa de actividad del 42,3% y de empleo del 39,8%, cifras notoriamente inferiores a los promedios nacionales y regionales. En términos llanos, menos de cuatro de cada diez concordienses tienen un empleo, y un preocupante 10,1% de quienes sí lo tienen, están subocupados, buscando desesperadamente más horas para llegar a fin de mes.
Pero el verdadero flagelo reside en la calidad de ese empleo. Según datos de la Dirección General de Estadística y Censos de Entre Ríos de junio de 2025 –una situación que seguramente se agravó en 2026–, el 51,4% de los trabajadores de Concordia se desempeñan en la informalidad. Más de la mitad de nuestra fuerza laboral carece de derechos básicos: sin aportes jubilatorios, sin obra social, sin vacaciones pagas ni aguinaldo, y sin la mínima estabilidad. En sectores clave como hoteles y restaurantes, la informalidad trepa al 81,5%, en la construcción alcanza el 66,3% y en el comercio supera el 51%, a lo que se suman las denuncias del Centro de Empleados de Comercio por registros a tiempo parcial que encubren jornadas completas.
La citricultura, pilar histórico de la economía regional, expone con claridad los límites de esta precarización. Un cosechero, tras hasta doce horas de trabajo intenso, apenas cobra 450 pesos por canasto. Los mejores rendimientos apenas alcanzan entre 36.000 y 49.500 pesos diarios, pero la realidad es que las temporadas de lluvia o heladas significan días sin jornal. Con un promedio efectivo de solo tres días y medio de trabajo por semana durante la temporada, los ingresos mensuales oscilan entre 545.000 y 750.000 pesos, una cifra que se diluye rápidamente al intentar cubrir necesidades básicas. El jornal mínimo, por ejemplo, compra menos de dos kilos de carne o 20 litros de leche económica, mientras una garrafa de diez kilos consume más de la mitad de esa paga diaria. A esto se suma que el 90% de los cosecheros, según el Sindicato Obrero de la Fruta, trabajan sin registrar.
El declive de otras actividades productivas agudiza el panorama. Hace apenas una década, la cosecha del arándano convocaba a miles de trabajadores, con Concordia aportando a una exportación nacional de 20.000 toneladas. Hoy, la producción se desplomó más del 60%, eliminando una valiosa fuente de empleo estacional. Del mismo modo, el sector forestal, con sus cuadrillas de tala y aserraderos, sigue siendo un universo laboral donde el empleo no registrado, los jornales diarios y las condiciones deficientes son la norma, con escasa o nula representación gremial. Concordia, lamentablemente, se dirige hacia un modelo productivo de bajo valor agregado y altísima precarización, un círculo vicioso que el poder local parece incapaz o desinteresado en revertir.
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